El escritor italiano  Antonio Tabucchi redescubre la forma de viajar y demuestra que se puede narrar caminos con cuidado.

El libro Viajes y otros viajes de Antonio Tabucchi, escritor italiano, me era esquivo. A pesar de tenerlo en la mira durante varios meses, siempre que sentía el impulso de adquirirlo en una librería, algo ocurría (veía un título mejor, no tenía suficiente dinero, el ejemplar estaba dañado, en fin).

Pero un día, meses después de haberlo visto por primera vez, lo compré. Sentí el tonto placer de destapar el plástico, abrirlo por primera vez y dejar esa marca indeleble entre la portada y el lomo. Tabucchi llegó a mí y me pregunté por qué había tardado tanto.

Ni tan turistas

A lo mejor, todo lo relacionado con Tabucchi está enmarcado por rebeldías. Nacido en la ciudad de Pisa, donde abundan los turistas que se fotografían sosteniendo la torre inclinada, se empeñó en contrariar el típico viaje superficial:

“Las prisas de nuestros tiempos obligan al viajero a visitas cada vez más rápidas y concretas: visto el icono principal y la fotografía de rigor, el automóvil o el autobús engulle al turista a nuevos destinos. Y, con todo, hasta el viajero más apresurado o constreñido por los horarios del grupo puede concederse unos pocos minutos para una pequeña desviación y recorrer, a no más de 500 metros de distancia, una deliciosa callejuela, desconocida por lo general para el turista”.

Hablar de calles intransitables es hablar de Venecia. Así se ve el Gran Canal un día cualquiera, mientras que las plazas colindantes están vacías.

Hablar de calles intransitables es hablar de Venecia. Así se ve el Gran Canal un día cualquiera, mientras que las plazas colindantes están vacías.

Por ejemplo, si en una ciudad hay grandes monumentos que millones de personas visitan al año, Tabucchi prefiere esconderse en un típico café a leer la obra de los primeros filósofos. Yo, por mi parte, no puedo posar de intelectual y engañarlos diciéndoles que devoro República en la terraza más oculta de Atenas, pero sí soy defensora de los puntos intermedios. ¿Qué sentido tiene ir a París si no se visita la Torre Eiffel? Pero, al mismo tiempo, ¿qué ganamos si cuando vemos el monumento no conocemos su historia?

Ni tan viajeros

Muchos dirán que el sentido de viajar es desconectarse de la realidad y olvidar tanta disciplina. Yo, por mi parte, sé que leer un libro en una sala de espera de un aeropuerto es delicioso. Pero creo en el equilibrio y en dejarse sorprender. No se trata de llevar todo aprendido al destino, sólo de tener unas bases para entender lo que vemos. Todo lo demás consiste, simplemente, en dejarse llevar por las ganas. 

Tabucchi, por ejemplo, es rebelde hasta consigo mismo. Promueve a toda costa la independencia viajera y la ruptura de los cánones de la turisticidad. Sin embargo, también se muestra débil y hay momentos en que quiere dejarse llevar por el placer y no complicarse tanto. “El Cairo no es una ciudad fácil de visitar por cuenta propia, sin el apoyo de una agencia de viajes”. “Una noche en el Taj Mahal tal vez resulte un capricho caro, pero es una aventura que vale la pena”. En el fondo, todos tenemos algo de turistas.

¿Quién soy yo para hablar de 'pecados' de los turistas? Ustedes me han visto con un mico de peluche en Barcelona.

¿Quién soy yo para hablar de ‘pecados’ de los turistas? Ustedes me han visto con un mico de peluche en Barcelona.

Aun así, a grandes rasgos se percibe que el estilo viajero de Tabucchi va más allá del tradicional. Durante 267 páginas se esfuerza por convencer al lector de un único principio: Aléjate del turismo superficial. Conviértete en un viajero de profundidades. Y, a pesar de que nunca enseña cómo lograrlo, los pasos para conseguirlo se pueden encontrar entre líneas.

No recurriré a esquematizar un fenómeno social, porque no tendría sentido crear una técnica acerca de un impulso. Cada quien viaja como le plazca. Simplemente resaltaré dos aspectos viajeros de Tabucchi que coinciden totalmente con mi forma de viaje y que quisiera sugerir a quien lee este blog.

Primero. El autor demuestra que se ha preparado intelectualmente para viajar: Conoce bien la inspiración de una pintura que ve en un museo, debate con un portugués sobre las hazañas de Vasco da Gama, siente en carne propia el dolor de los sembradores griegos que ya no pueden vivir de los olivos. En fin, enseña que es fundamental cultivar el intelecto para aprovechar dimensiones inimaginables del viajar.  

 En #Machetá llueve todo el día y yo leo sobre mi amado #Marruecos.

Una foto publicada por Diana Melo (@lineasviajeras) el

Tabucchi, el intelectual, escribía para enseñar. Considerado un ávido lector, no se resiste a las referencias literarias en sus textos –no olvidemos que fue profesor de lengua y literatura portuguesas–. Pero no todo es tan calculado.

Segundo. Antonio, el ser humano impulsivo y nómada, viajaba para vivir: Simplemente gustaba de hacerlo y confirma que ninguna ocurrencia viajera era lo suficientemente excéntrica como para no ponerla en práctica:

“[En El Cairo] Una idea algo extravagante sería la de comprar un cofrecillo de cedro taraceado de madreperla (son preciosos y a precios muy convenientes) y llenarlo de especias a propio gusto. Y después agitarlo para hacer un cóctel completamente personal que pueda uno llevarse consigo para dejar que salga el aroma de vez en cuando”

¿Qué pensarían en las aduanas de los aeropuertos si ven a una colombiana con un cofre lleno de polvo que huele con frecuencia y le produce gestos de éxtasis? Prefiero no imaginarlo, pero Tabucchi enseña que, al momento de viajar, los impulsos personales son permitidos, sin importar cómo viajan los demás.

Si cada quien puede viajar como guste, ¿por qué no seguir entrenando pole dance alrededor del mundo?

Si cada quien puede viajar como guste, ¿por qué no seguir entrenando pole dance alrededor del mundo?

Terminar de leer Viajes y otros viajes es sentir el implacable impulso de hacer maletas, pero llenándolas de libros; buscar el pasaporte, pero para analizar con detalle los sellos que hay en él; comer en un restaurante internacional, sólo para prepararnos para futuros destinos.

A pesar de que es una recopilación de textos viajeros muy bien construidos, cuando se termina de leer no existe la resaca literaria –esa sensación al acabar un libro que no queríamos finalizar–. Al contrario, da gusto guardar en la biblioteca un ejemplar que seguro tendrá las esquinas dobladas y algunas hojas manchadas a causa de los viajes que se hicieron junto a él.

El reto ahora es viajar como Tabucchi. Pensando, leyendo, oyendo, oliendo, captando y escribiendo. No es descabellado proponerse hacerlo en un futuro viaje o, incluso, en el entorno de siempre. Finalmente, un libro de viajes se lee para viajar mejor, así sea en Transmilenio.

Una foto publicada por Diana Melo (@lineasviajeras) el