Justo en la frontera entre Francia e Italia está Ventimiglia, un hermoso lugar al que llegué por casualidad.

Como si fuera Phileas Fogg, protagonista de La vuelta al mundo en 80 días, conocí un lugar increíble en menos de dos horas. 

“¡Qué curioso es eso, qué curioso!” – decía Picaporte volviendo a bordo. “Me convenzo de que no es inútil viajar si se quieren ver cosas nuevas”.

– La vuelta al mundo en 80 días, Julio Verne

Soy de un pueblo pequeño, de esos en los que todos son familia, en los que no puedes caminar más de una calle sin encontrar a un conocido. Soy de un pueblo donde las tiendas no tienen nombre, pues los habitantes se refieren a ellas por el nombre de sus dueños. ¿Para qué complicarse creando títulos llamativos si todos saben quién eres?

Soy de un pueblo rodeado de montañas, encunado en medio de cordilleras verdosas que no dejan ver el sol tan temprano como en otros lugares. Si vas al punto exacto, puedes ver una quebrada crecida que golpea con fuerza las rocas, pero si caminas un poco más, llegarás a una plazuela modesta donde las ancianitas se sientan a comer helado.

Soy de un pueblo donde los animales abundan y el sol alumbra sus pelajes

Soy de un pueblo donde los animales abundan y el sol alumbra sus pelajes

No puedo evitar pensar en Machetá, mi pueblo, justo ahora que estoy tan lejos de él. Estoy saliendo en tren desde Niza, una suntuosa ciudad que me hace dudar del nivel de lujo que mi mente viajera puede soportar. Ay, la Costa Azul y todo el mármol de sus construcciones, sus fachadas talladas con inspiración milenaria, sus tiendas con descuentos que conservan precios exorbitantes, sus McDonalds para los bolsillos pobres, su mar lleno de yates con helipuerto. Ay, mi pueblo, mientras tanto, tú tan lejos.

Sentada en el segundo piso de este tren miro por la ventana el cielo oscuro, tan propio de las mañanas otoñales. En la maleta llevo un cargamento de tarritos desechables de Nutella, los cuales robé del hotel en Niza y que podrían pasar fácilmente por contrabando (¡son muchos!). Abro uno y empiezo a comer. El azúcar del chocolate me despierta.

Europa me convirtió en una vil ladrona. La comida fuera de los hoteles es muy costosa y los tarros de Nutella están a la merced de todos

Europa me convirtió en una vil ladrona. La comida fuera de los hoteles es muy costosa y los tarros de Nutella están a la merced de todos

Voy para Milán, ciudad de arte, moda y –de nuevo– lujo. Me pregunto dónde podré encontrar simpleza en Europa, las casonas típicas de los granjeros, los edificios donde viven familias enteras que cocinan su propio desayuno a esta hora. Eso me pasa por comprar tiquetes sólo para las grandes ciudades. ¿Qué me pasó cuando planifiqué este viaje? Siempre he sabido que soy típicamente mente pueblerina, como la Peperina de Serú Girán.

Mapa que muestra la corta ruta entre Niza y Ventimiglia. Estas dos poblaciones tienen diferencias abismales, pero son muy cercanas territorialmente

Mapa que muestra la corta ruta entre Niza y Ventimiglia. Estas dos poblaciones tienen diferencias abismales, pero son muy cercanas territorialmente

Camino a Italia el tren cruza la frontera occidental y veo por la ventana el río Roya, el cual desarrolla su curso en los Alpes Marítimos y desemboca en el mar Mediterráneo. Como un pesebre que se alza sobre las montañas se destaca un pueblito que, a simple vista, no es encantador. Sus casas podrían enumerarse sin mucho esfuerzo y parece que el frio otoñal tiene entre las cobijas a sus habitantes. Algo tengo claro: no hay nada sorpresivo en este lugar.

A simple vista, Ventimiglia no descresta. Se trata de una ciudad que debes conocer para enamorarte perdidamente

A simple vista, Ventimiglia no descresta. Se trata de una ciudad que debes conocer para enamorarte perdidamente

La voz que sale por los parlantes ubicados en el techo del tren, dice cosas que mi básico francés no entiende, pero las palabras Ventimiglia y Milano son fácilmente perceptibles. Hasta ahora, sólo he tenido la oportunidad de conocer grandes ciudades, como París, Mónaco o Cannes, así que decido burlar a mi destino y posponer por unas horas mi arribo a Milán. A pesar de mi desencanto primario con el lugar, quiero conocer Ventimiglia para volver a lo básico. ¿Quién podría desaprovechar la oportunidad de pisar una villa italiana? Mi cargamento de Nutella vuelve a la mochila y me paro de la silla.

La modestia y la sencillez son cualidades que pocas veces admiramos, sobre todo si estamos en un país tan imponente como Italia

La modestia y la sencillez son cualidades que pocas veces admiramos, sobre todo si estamos en un país tan imponente como Italia

La estación de trenes de Ventimiglia es modesta, apenas para un lugar que no merece más de dos párrafos en su artículo de Wikipedia. Sin embargo, la remembranza de mi pueblo empieza a animarme y recuerdo quién soy yo, una Diana que anda en botas pantaneras por el campo colombiano, una viajera que ya no se arrepiente de haberse bajado de ese tren para conocer un lugar con menos de 30 mil habitantes.

Son las 8:24 de la mañana y el cielo hasta ahora está aclarándose. El amanecer en Ventimiglia es hermoso, pues el viento despierta el olor de la tierra húmeda de los cultivos. Por un momento he vuelto a Machetá y ya no me siento tan lejos de casa.

Soy muy susceptible a los olores. Un buen olor puede arreglar mi día y uno malo puede estropearlo por completo. En Ventimiglia las plantas tiene un aroma especial, una mezcla de mar y tierra

Soy muy susceptible a los olores. Un buen olor puede arreglar mi día y uno malo puede estropearlo por completo. En Ventimiglia las plantas tiene un aroma especial, una mezcla de mar y tierra

Sé que el próximo tren a Milán saldrá en 30 minutos y que no tengo mucho tiempo para caminar por el lugar, así que me dirijo a su plaza principal, donde veo a una señora paseando a su perrito sin cadena. Más allá, una gaviota come una porción de pizza que encontró en la caneca. ¡Bienvenidos a Italia!

Los ventimigliesis se dedican, mayormente, a la pesca y la agricultura. Por eso la plaza de mercado es el único lugar abierto a esta hora, cuando los pescadores ya han tomado su producido del mar Mediterráneo y los agricultores salvaron sus cultivos del helado aire del amanecer. Y yo, como si fuera Jerry O’Connel, el científico que viajaba entre diferentes dimensiones en la serie de televisión Sliders, miro asombrada cada rincón de esta ciudad que se cree pueblo. ¡Quisiera quedarme aquí más tiempo!

Pocas cosas me enamoran tanto de un lugar como sus faroles. Ventimiglia cuenta con una iluminación modesta y hermosa, como la ciudad.

Pocas cosas me enamoran tanto de un lugar como sus faroles. Ventimiglia cuenta con una iluminación modesta y hermosa, igual que la ciudad.

Los habitantes de Ventimiglia, por su parte, también miran con extrañeza a esta viajera que carga una mochila de 30 litros en su espalda. Aquí no reciben muchos turistas, más allá de aquellos que van de tránsito entre Francia e Italia y no se toman el trabajo de recorrer sus calles (no saben de lo que se pierden).

Camino hacia la playa y, por primera vez en este viaje, siento que amo al imponente mar Mediterráneo. Sus aguas azules se ven diferentes sin yates de extravagante gusto atrancados en la orilla. En su reemplazo, hay decenas de aves que se posan tranquilas en la playa, vuelan un par de metros y retornan, como si se arrepintieran de irse de Ventimiglia. Como yo.

El mar Mediterraneo llega temperamental a las playas de Ventimiglia y se estrella contra sus rocas

El mar Mediterraneo llega temperamental a las playas de Ventimiglia y se estrella contra sus rocas

Veo el amanecer desde la playa. Consiento a un perrito callejero que se acerca a mí con la misma extrañeza con la que las personas  me evaden. Frente a mis ojos, las infinitas aguas azules que se confunden con el horizonte. A mi espalda, los helados Alpes con sus puntas blancas que congelan hasta los pensamientos. Si no hubiera pagado con anticipación mi hotel en Milán, estoy segura de que me quedaría una noche aquí.

Los Alpes son la espalda perfecta de Ventimiglia, que en su rostro siempre ve reflejado al mar Mediterráneo

Los Alpes son la espalda perfecta de Ventimiglia, que en su rostro siempre ve reflejado al mar Mediterráneo

Pero ya pasó media hora y me tengo que ir. Camino hacia la estación del tren y tengo nostalgia de un lugar que apenas conozco. Ahora me arrepiento de haber dicho, a primera vista, que era una ciudad con poco encanto. Ahora entiendo por qué las aves siempre vuelven a sus playas. 

Ventimiglia, Italia

 

Video corto con fotografías de Ventimiglia, elaborado con la app Flipagram: