Pasar un día y su noche en las doradas dunas.

Considerado como un lugar inhóspito y que recibe con ingratitud al aventurero, el desierto del Sahara sorprende.

 

Mi agenda de viajes tiene como portada a El Principito, el personaje de Antoine de Saint-Exupéry, lo que resulta contraproducente cuando estoy en el desierto del Sahara, donde el escritor francés soportó días de deshidratación y alucinaciones.

Aún no ha iniciado el verano, pero le temo al sol inclemente en medio del silencio, a las tormentas de arena, a los insectos y a los kilómetros recorridos sin ver más sombras que la propia. Miedos que despierta el desierto más cálido del mundo.

Principito

Postales que vienen con mi agenda de viajes.

El gran desierto

El nombre ‘Sahara’ proviene del árabe y significa Gran Desierto, apelativo que corresponde a sus más de nueve millones de kilómetros cuadrados, extensión similar a la de China o Estados Unidos. Una inmensidad que aterra. La sensación de mirar hacia los cuatro puntos cardinales y sólo ver arena de color naranja intenso que se cruza con el celeste del cielo, es equiparable al temor de estar perdido en altamar.

El celeste del cielo se funde contrastantemente con el naranja de las inestables dunas del Sahara

El celeste del cielo se funde con el naranja de las inestables dunas.

Mis botas se entierran y pienso en la profundidad de la arena que estoy pisando, pues algunas dunas del Sahara pueden alcanzar los 180 metros de altura, un nivel similar al del edificio más alto de mi ciudad, Bogotá. No sin razón estas montañas de arena son atractivos espacios de soledad para viajeros que buscan contemplar la calma del lugar y ver cómo las pequeñas partículas de arena se elevan con el viento.

Momentos bellos de soledad en la duna más grande que encontré aquel día

Momentos bellos de soledad en la duna más grande que encontré aquel día

Erg, mon amour 

Desde la turística localidad de Arfoud parten tours hacia Erg Chebbi, en la frontera de Marruecos con Argelia. Mohammed, un joven moreno, corte de pelo militar y dientes desordenados, es el conductor que me ha sido asignado. Me enseña que la palabra erg proviene del árabe `arq y se refiere a las zonas arenosas de un desierto. En cambio, la hamada es la zona rocosa.

Contrasta con la arena fina del ‘arq con las piedras de la hamada

El desierto se divide en zonas arenosas y zonas rocosas, como la de esta foto.

El recorrido es de 45 kilómetros en camionetas tipo 4X4 y hay tiempo para hablar con los conductores nativos de la región, quienes saben más del desierto que la guía Lonely Planet. Parte de la población del sureste de Marruecos domina los idiomas árabe, bereber y francés, por lo que es mejor familiarizarse con algunas palabras.

Mohammed con su 4X4 atascada en una de las profundas dunas

Mohammed con su 4X4 atascada en una de las profundas dunas

Furia divina

Cuenta la leyenda que una familia adinerada negó posada a una mujer pobre, por lo que Dios se ofendió y sepultó a todos los integrantes bajo montañas de arena. Eso se ha dicho durante siglos de Erg Chebbi, la región arenosa del Sahara de Marruecos.

Las increíbles dunas, más que un constante recordatorio del castigo sobrenatural, son una prueba sorprendente de la grandeza del planeta en que vivimos, por lo que es un destino ideal para las parejas o los viajeros solitarios.

La soledad de los viajeros resalta en medio de las inmensas dunas

La soledad de los viajeros resalta en medio de las inmensas dunas

Tras acabar el recorrido en 4X4, veo a un grupo de dromedarios. El siguiente paso de la expedición consta de un recorrido de 40 minutos sobre estos tranquilos animales, que sólo son peligrosos cuando están exhaustos y escupen malhumorados al viajero desprevenido.

Quienes me conocen –entre ellos, ustedes, lectores– saben que me derrito con los animales y tengo que tomarles miles de fotos.

Quienes me conocen –entre ellos, ustedes, lectores– saben que me derrito con los animales.

Un gentil camellero alista al camello que me adentrará en las dunas.

Un gentil camellero alista al dromedario que me adentrará en las dunas.

Un camellero vestido con traje tradicional bereber sobre los blue jeans, me ayuda a subirme al dromedario, el cual me sorprende por su altura y brusquedad. Los primeros minutos me ayudan a acostumbrarme al paso lento y rítmico del animal, cuyas patas se entierran en la fina arena ardiente.

Las patas de los camellos se hunden en la arena y salen con fortaleza y lentitud

Las patas de los camellos se hunden en la arena y salen con fortaleza y lentitud

Las sombras sobre las dunas protagonizan una escena digna de una narración mítica árabe y llenan de poesía el aire caliente que sopla desde el sur. Las cámaras de fotos mueren por retratar el momento, pero los finos granos de arena se atascan en sus lentes.

El silencio permite que el resoplar de los dromedarios sea una buena compañía para un momento digno de recordar toda la vida.

Caravana de mis compañeros del Máster en Periodismo de Viajes por las dunas

Caravana de mis compañeros del Máster en Periodismo de Viajes por las dunas

El cielo en cúpula

En Erg Chebbi es sencillo encontrar hoteles, pero si se quiere vivir una experiencia más local, se recomienda buscar algún bivouac, hospedajes que imitan a los campamentos instalados por los nómadas.

Sahara, Líneas Viajeras, Desierto

Llegada al alojamiento en dromedario.

Llego al albergue al atardecer, cuando las piernas entumidas, la cabeza caliente y la piel reseca agradecen encontrar una cama donde descansar. Las ‘habitaciones’ son, en realidad, haimas, tiendas hechas con piel de dromedario, lugares perfectos para tomar una siesta antes del anochecer.

Les digo a los bereberes del bivouac que quiero despertar cuando salgan las estrellas, pues el cansancio puede jugar en mi contra y vencerme hasta el día siguiente. Una hora después, un vivaz ¡yallah, yallah! (‘¡vamos, vamos!’) y otro té de menta sirven como despertador.

El desierto no es para dormir. Sus amaneceres y sus atardeceres son invaluables.

El desierto no es para dormir. Sus amaneceres y sus atardeceres son invaluables.

La banda sonora del despertar es música repetitiva, casi un mantra que me impide salir totalmente del trance del sueño. Abro los ojos y veo que cinco músicos bereberes amenizan la noche con instrumentos como el hajhouj, que recuerda a un laúd de cuerda, o el qraqeb, unas castañuelas grandes y metálicas. La fuerza rítmica la imprimen los tambores, que ellos llaman ganga y todos se turnan para tocarlos.

Un hombre toca el tradicional bendir bereber

Un hombre toca el tradicional bendir bereber

Hamedid, uno de los trabajadores del albergue, aprendió a tocar instrumentos viendo a sus familiares. El aprendizaje musical en los bereberes es hereditario, vivencial y generacional. “La música es lo más importante para nosotros”, dice.

Mientras charlo con este hombre y me conmuevo por la importancia que se le da a la música en esta cultura, recuerdo a Paul Bowles, uno de mis escritores de viajes favoritos, quien afirmaba que cada familia bereber “tiene sus propias canciones y ritmos de tambor, que son inmediatamente reconocibles como tales por otros miembros”.

Con los sonidos africanos entre las venas, la duna más alta del lugar puede ser escalada con un buen calzado y servir como tribuna para contemplar el cielo. La farola de luz más próxima está a una hora de distancia. Es difícil pensar que se encontrará un cielo más espectacular que en medio del desierto del Sahara.

Mis botas llenas de arena tras el recorrido por las dunas.

Al otro día me percaté de que mis botas estaban llenas de arena por culpa de la escalada en la duna.

Las preocupaciones propias del estilo de vida occidental parecen absurdas cuando se es consciente de la pequeñez del ser humano. Sé que hay una cama dura y una sábana fresca esperando por mí dentro de una haima, pero yo prefiero seguir desierto adentro, con el manto estelar sobre mí. Sólo silencio y firmamento.

“Hay algo en la vida por lo que vale la pena perderlo todo”, reza un proverbio bereber. El viajero que esté aquí entenderá de qué se trata. Sería lógico darlo todo a cambio de vivir siempre con la simplicidad del desierto. Mientras grabo en mi retina el espectacular paisaje, pienso que El Principito acertó cuando dijo que “lo esencial es invisible a los ojos”, excepto cuando estás en el Sahara.

Este mundo que vemos es insignificante y efímero como un sueño. Sería absurdo tomárselo en serio. Pensemos mejor en los cielos que nos rodean.

África Menor, Paul Bowles

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