Segundo día en París: Galerías Lafayette, Arco del Triunfo, Campos Elíseos y Torre Eiffel.

París se ama o se odia. Incluso, es probable que esta ciudad te despierte ambas emociones en un mismo día, como me pasó a mí.

Incluso este París fastidioso y enfermo parece acoger a los jóvenes soles, y como con un inmenso abrazo tiende los mil brazos de sus tejados colorados

– Paul Verlaine

Como me lo esperaba después de mi primera noche en París, esta mañana siento un frío atroz. Hace 4°C, el viento corre a 18 kilómetros por hora y está lloviznando.

8:15 a.m.

Siempre me ha gustado esa complicidad tácita que hay entre viajeros, cuando dejamos en los alojamientos las cosas que ya no necesitamos, esperando que otra persona las aproveche.

Si yo dejo algo en un apartamento, imagino a un turista coreano feliz por encontrar el adaptador de corriente que no tenía o, tal vez, a un viajero mexicano que pudo preparar su desayuno con la comida que guardé en la nevera.

¿Será que los huéspedes anteriores me imaginaron preparando el café instantáneo que dejaron sobre la estufa? No lo sé, pero su aporte fue el desayuno perfecto.

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Una tazita de café caliente se asoma por el cielo otoñal de París, mitad soleado, mitad lluvioso.

9:00 a.m.

En 20 minutos debo estar en la Torre Eiffel. Hace 2 semanas compré por internet las entradas para subir a ella y, si llego más tarde de lo indicado, perderé el dinero. Salgo del apartamento y corro tres calles para llegar a la estación del metro… en donde encuentro las taquillas fuera de servicio.

9:10 a.m.

10 minutos para llegar a la Torre Eiffel. Parece que la única opción es un taxi…

Si yo hubiera sabido que, incluso en taxi, no llegaría a tiempo, me habría ahorrado 17 euros

Si yo hubiera sabido que incluso en taxi no llegaría a tiempo, me habría ahorrado 17 euros

9:30 a.m.

Hace 10 minutos se venció mi tiempo para llegar a la Torre Eiffel. Ya me resigné. La rabia ya pasó y disfruto cada calle que recorro en París.

Miro por la ventana derecha y veo un imponente edificio que reconozco inmediatamente: Galerías Lafayette: Ici, s’il vous plaît! Le digo al taxista, indicándole que he cambiado de opinión y quiero bajarme en ese lugar.

La construcción que alberga a las prestigiosas Galerías Lafayette en París es impresionante y recibe cerca de 55.000 visitantes diarios. En el centro, una colorida cúpula adorna su estructura y todos los viajeros quieren capturarla con los lentes de sus cámaras. Yo, por supuesto, no soy la excepción:

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10:30 a.m.

Estoy en la meca del consumismo. Las cajas de Galerías Lafayette están abarrotadas de personas, los pasillos son intransitables y sus estanterías se vacían y se vuelven a llenar con frenesí.

Mientras tanto, yo busco con calma la terraza que pocos frecuentan, pero que me regalará una de las mejores vistas de París. Evito a la multitud y subo un piso tras otro, hasta llegar a ese envidiable lugar, casi vacío, casi perfecto.

Atrás quedan las personas locas por las compras, arriba estamos sólo París y yo.

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12:15 p.m.

En Galerías Lafayette me he vuelto una completa tonta. La terraza me consume con su preciosa vista de París y llevo más de una hora sentándome en los sillones que deberían estar llenos de personas admirando la ciudad, pero que sólo esperan por mí.

Me asomo por cada esquina. Miro hacia abajo y veo las cabezas de los transeúntes. Miro hacia arriba y contemplo el haz blanco que dejan los aviones en el cielo. Al frente, la torre Eiffel, bella como la primera vez que la vi.

Estoy ensimismada hasta que veo el reloj y descubro que ya es mediodía. ¡Es hora de conocer otro lugar!

12:30 p.m.

El metro de París, como en la mayoría de ciudades europeas, es ágil y ordenado. En 15 minutos he llegado al Arco del Triunfo y contemplo otro de los atractivos parisinos por excelencia.

Lo confieso, no soy de esas viajeras que ama visitar monumentos. Disfruto más yendo a una librería legendaria que a una plaza central. Pero, en París, decidí ir al Arco del Triunfo para, desde allí, caminar por los Campos Elíseos y perderme en sus 1.910 metros de longitud.

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El retrato de Marco Polo en el Arco del Triunfo se arruinó con las gotitas de lluvia que cayeron en el lente de la cámara

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1:30 p.m.

Sobre la Avenida Campos Elíseos he encontrado un McDonalds. Aunque no soy amante de su comida, decido almorzar aquí, porque esta es una de las pocas cadenas de restaurantes que te ofrecerá Wi-Fi y baño gratis en Europa.

2:30 p.m.

El frío a esta hora es inclemente. Las personas se refugian de la llovizna helada bajo las carpas de los establecimientos. El viento hace que las bufandas de los peatones desprevenidos vuelen por las alturas.

Los dedos de mis pies están entumidos y me cuesta trabajo caminar. Empiezo a sentirme mal: temblor en las manos, escalofríos, rinitis, ojos llorosos. El otoño hace de las suyas en este 2013, o al menos eso dicen los periódicos que se tambalean de un lado a otro en los kioscos.

Hoy me propuse ver la Torre Eiffel y esta mañana perdí mi oportunidad por culpa de la estación que tenía dañadas sus máquinas tiqueteras. A esta hora, aunque el frío me mate, cumpliré mi cometido: caminaré hasta la Torre Eiffel.

 3:00 p.m.

He llegado. La torre Eiffel está frente a mí, mientras sobre mi cabeza caen heladas gotas de lluvia y el frío no me deja mover los dedos.

Mientras tanto, el Río Sena está caudaloso y amenazante. Al contemplarlo, recuerdo la historia de Yuri Buenaventura, un cantante colombiano célebre por interpretar salsa en francés, quién se arrojó al Río Sena una noche de invierno queriendo suicidarse, pero sobrevivió.

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Los habitantes del trópico vemos en el frío un enemigo implacable, nos enfermamos con facilidad y sentimos que el hielo nos llega hasta los poros de los huesos. Por eso, no quiero retar a mi suerte y arriesgar mi salud en un viaje al que aún le quedan 17 días de recorrido por Europa y Marruecos. Sé que este es el momento ideal para sacar algunas fotos, antes de que el aguacero que ya viene rompa los cielos.

4:00 p.m.

Voy en una silla del metro de París, con un poco menos de frío que hace una hora, pero con la ropa helada y la necesidad urgente de llegar al apartamento. La pantalla de mi cámara se ha empañado y tiene algunas burbujas internas por culpa de la humedad. Sólo me queda rezar para que no se dañe durante el viaje.

Miro por la ventana y pienso que París ha sido fría conmigo y trata de amargarme. Es como si quisiera quitarse de encima el papelón de ciudad romanticona que el mundo le ha impuesto.

Cuando París quiere ser odiosa con el turista desprevenido, lo logra con creces. En este momento, quiero estar en el caribe colombiano, acostada en una playa caliente y tomando un refrescante cocktail. Es un knock-out: París 1 – 0 Diana

5:00 p.m.

Debo recostarme un momento. El frío ha provocado un malestar horrible en todo mi cuerpo, no quiero saber de nada, ni de nadie.

7:00 p.m.

Acabo de despertar. Soñé que mi madre llegaba y golpeaba a la puerta del apartamento, con ropa recién planchada, calientita. Y aunque esa escena está lejos de ser una realidad, ahora me siento mucho mejor.

Me paro de la cama y camino hacia la terraza, con ganas de mirar nostálgica a esa París que hoy me ha pateado con crueldad.

Me asomo y me encuentro con el espectáculo de luces que ilumina cada hora en punto a la Torre Eiffel. El faro, en su punta, ilumina omnipresente a toda la ciudad. Abro la puerta de la terraza y salgo fascinada por el espectáculo que, aunque ya había visto anoche, sigue sorprendiéndome.

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Esta es mi cara de sensaciones encontradas: “estoy enferma por tu culpa, París, pero te amo como nunca”

Tengo ganas de abrir los brazos, como Leonardo DiCaprio en Titanic, y gritarle a París que, por más que lo intente, no logra desenamorarme… Pero eso sería tan ridículo que, mejor, celebro a mi manera:

Preparo otra taza del café que me dejaron los huéspedes anteriores. Me siento en el sofá, frente al inmenso ventanal de la terraza y decido darle un giro a la batalla: París 0 – 1 Diana.

¡Se suele olvidar tan rápido en París!

– Gastón Leroux