Vivimos en un mundo acelerado y despreocupado que destruyó el verdadero concepto de viajar. Esta es mi declaración personal.

Me rehuso a consentir las prácticas del turismo superficial que invade las plazas principales de las ciudades y los folletos de las agencias de viajes.

Esta es, casi, una declaración de principios de Líneas Viajeras, un documento que consultaré cada vez que el Síndrome del Turista me tiente.

Me niego a:

1. Hacer parte de la ‘turistada’. Ir a un lugar, sólo porque los demás me dicen que hay que ir. Yo, voy sólo a donde mi curiosidad me anime

Ir a un parque de atracciones con mi hermano, sólo porque la música era divertida.

Ir a un parque de atracciones con mi hermano en Ecuador, sólo porque la música era divertida.

2. Ir al monumento de rigor, sólo para tomarme una foto en la que se vean más los demás turistas que yo. Si voy a la Torre Eiffel, la disfruto, la veo, la toco, leo sobre ella, capturo sus ángulos más inusuales.

Antes de ir a la Torre Eiffel, disfruté de un café hirviendo desde el balcón del apartamento. Esta foto fue captada desde allí.

Antes de ir a la Torre Eiffel, disfruté de un café hirviendo en el balcón del apartamento. Esta foto fue captada desde allí.

3. Comer el ‘menú turístico’. No pienso probar la cocina más simple, sólo porque me sirven en cuatro tiempos y me hacen una rebaja si muestro el pasaporte. Prefiero la plaza de mercado de México DF que la pizzería de la Plaza San Marcos en Venecia.

Y así de linda y sabrosa se veía esa causa limeña.

Esta causa limeña significó el cielo en mi viaje a Perú.

4. Dejarme llevar por los grupos y los guías que alzan en alto una banderita con el logo de su agencia de viajes. Yo camino a mi ritmo, voy por las calles que me provoquen y me detengo donde quiera.

Perderme por las calles de Quito me permitió encontrar un desfile tradicional que resultó ser el momento más conmovedor del viaje.

Perderme por las calles de Quito me permitió encontrar un desfile tradicional que resultó ser el momento más conmovedor del viaje.

5. Subirme a un turibus para observar por encima del hombro a la gente, criticar sus calles o mirar con admiración desmedida sus monumentos. No puedo conocer realmente una ciudad cuando voy en un bus de dos pisos y todos los locales me miran como invasora.

¿Para qué quieres un turibus, cuando puedes caminar a la par?

¿Para qué quieres un turibus, cuando puedes andar a la par?

6. Creer que una fotografía vale más que la dignidad de alguien. Jamás saco mi cámara de fotos para retratar a un indígena desprevenido, un niño temeroso o un vendedor pintoresco, sin su consentimiento. Por más interesante que me parezca un individuo, no es un animal en un zoológico.

Cuando te tomas el trabajo de establecer un lazo con alguien, salen sonrisas genuinas en las fotos.

Cuando te tomas el trabajo de establecer un lazo con alguien, salen sonrisas genuinas en las fotos.

7. Contratar automóviles privados o recorrer la ciudad todo el tiempo en taxi. Estoy convencida de que un destino no se puede conocer si no entiendo su sistema de transporte masivo. Si compro un tiquete para el metro y me mato las neuronas entendiendo sus líneas y plataformas subterráneas, es porque hace parte de lo que busco viajando.

Claro, eso implica que pase más tiempo perdida que ubicada.

Claro, eso implica que pase más tiempo perdida que ubicada.

8. Comparar, decir que una ciudad es mejor que otra o mirar con desdén mi lugar de origen. Cada territorio puede enseñarme algo que no podría aprender en ningún otro.

En Taganga comprendí que un atardecer tiene el poder de crear lazos entre desconocidos.

En Taganga comprendí que un atardecer tiene el poder de crear lazos entre desconocidos.

9. Discriminar. Ningún ser humano es menos que yo, sin importar su lugar de origen, ocupación actual o rol en la escena turística. El gerente del Hilton vale lo mismo que el que guarda las llaves del hostal.

Aprovecho para presentarles a las guapuras que cocinan para el hotel Xaluca de Marruecos. Me pidieron una foto, ¡y yo feliz!

Aprovecho para presentarles a las guapuras que cocinan para el hotel Xaluca de Marruecos. Me pidieron una foto, ¡y yo feliz!

10. Resignarme a las divisiones y creer que el planeta Tierra cuenta con compartimentos sellados herméticamente llamados ‘países’. Busco entender las fronteras como fenómeno artificial que nos separa como raza. Quiero, como viajera, sentirme propia en cada entorno que me rodee.

Conocer la riqueza de la diferencia multiplica el provecho de los viajes.

Conocer la riqueza de la diferencia multiplica el provecho de los viajes.

11. Rechazar los ofrecimientos amables de quien me quiere acoger en su lugar. Por más té de menta que me ofrezcan en Marruecos, no miro con hastío las manos beréberes que lo prepararon.

Y por mucho que evite comer carne o prefiera la comida 'sana', no rechazo un buen sancocho en una casa de Antioquia.

Y por mucho que evite comer carne o prefiera la comida ‘sana’, no rechazo un buen sancocho en una casa de Antioquia.

12. Hacer tours maratónicos para conocer los lugares que las guías de bolsillo me narran como “indispensables”. Hago todo lo posible para conocer cuantas cosas estén a mi alcance, pero jamás permito que la prisa sea protagonista de mi viaje.

Y si no quieres olvidar ningún detalle a tu regreso, también es bueno llevar un diario de viaje.

Y parte de la lentitud es provocada por tomarse el tiempo para escribir y registrar cuanto pensamiento se ocurra.

13. Olvidar que en la lentitud está el placer y que sólo la paciencia permite la contemplación. No importa cuántos litros tenga la mochila que llevo sobre la espalda, el afán cansa más.

La lentitud también permite encontrar pequeños detalles, como un corazón adherido por alguien en un farol de Barcelona.

14. Visitar un lugar sin leer antes sobre él. No puedo entender una cultura sin conocer su historia y echar un vistazo a su presente. Antes de viajar, leo sobre los acontecimientos de su pasado y devoro la prensa para conocer cuál es su realidad actual. Viajar a Roma no tiene sentido si no entiendo qué pasó en el Coliseo, ni por qué hay una marcha a favor de Berlusconi frente al parlamento.

No importa cuánto se lea sobre un destino, nunca será suficiente.

No importa cuánto se lea sobre un destino, nunca será suficiente.

15. Recorrer un lugar sin referencias culturales que me ambienten mejor. Parte de mi planificación previa a los viajes consiste en leer novelas, buscar pintores, armar playlist musicales y ver cine realizado por directores de allí. Un viaje a Lima sin leer La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa tiene tan poco sentido como quien viaja a la costa colombiana sin saber qué es Macondo.

La inmersión cultural también implica conocer las expresiones artísticas estando ya en el destino. Estos son Les pigeons du sable, fabulosa banda que toca en medio del Sahara.

La inmersión cultural también implica conocer las expresiones artísticas, incluso cuando ya estamos en el destino. Estos son ‘Les pigeons du sable’, fabulosa banda que toca en medio del Sahara.

16. Destacarme, llamar la atención, resaltar sobre los demás. Ser turista no me permite gritar en lugares públicos, creer que tengo un lugar privilegiado en las filas, violar códigos de vestimenta, transgredir fronteras sagradas.

Si tenemos que cubrirnos la cabeza para visitar un país musulman, ¡lo hacemos con gusto!

Con mis amigas del blog ‘Seis Maletas’, si tenemos que cubrirnos la cabeza para visitar un país musulman, ¡lo hacemos con gusto!

17. Privarme de oler, tocar, escuchar, bailar, probar, aprender, cantar. Mis impulsos más primitivos me permiten entender mejor el viaje.

La falta de talento para el dibujo es directamente proporcional al gusto que le tengo a dibujar en la playa.

La falta de talento para el dibujo es directamente proporcional al gusto que le tengo a dibujar en la playa.

18. Creer que mi forma de viaje es más legítima que las de los demás. Si viajo junto a alguien, lo invito a seguir mi ritmo, pero no le impido disfrutar del viaje a su modo. Igual, no está mal apartarse del acompañante y viajar solo de vez en cuando.

Hablar de calles intransitables es hablar de Venecia. Así se ve el Gran Canal un día cualquiera, mientras que las plazas colindantes están vacías.

Millones de turistas en el mundo cada día y millones de formas de contemplar el viaje. Yo me siento bien con la mía.

Yo, sencillamente, me aparto de lo que no comparto.

¿Y ustedes, cómo se niegan a viajar?