Esta historia se desarrolla en medio de una ciénaga guajira, a bordo de una lancha comandada por un indígena wayuu que busca flamingos.

2 de diciembre de 2015

11:30 am

Desde Riohacha, la capital del departamento de La Guajira, hay tan sólo 15 minutos para ver a través del panorámico del carro la modesta entrada de Camarones, un corregimiento célebre por concebir al primer congresista negro de Colombia, Luís Antonio Robles, elegido en 1876. Un mural con el rostro de este Representante a la Cámara da la bienvenida a esta comunidad, cuyo nombre probablemente se deba al principal producto típico, el camarón.

A varios metros de la playa Boca de Camarones está ubicado el ecolodge El remanso del santuario, un alojamiento y restaurante que cuenta con el mejor paisaje del lugar. Mientras el mar y el viento compiten por hacer más ruido, los chinchorros dispuestos para los viajeros se balancean con frenesí. Unos metros más cerca a la carretera, pero conservando aún la conmovedora vista hacia la playa, hay unas modestas mesas de plástico, en las que se sirven platos con ingredientes tan frescos que aún es posible detectar el sabor a sal marina.

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Hoy hay dos opciones de plato: sierra frita y arroz con camarones. Me inclino por el segundo, quizás porque la constante repetición del nombre de este corregimiento le creó a mi subconsciente una especie de papilas gustativas mentales y no puedo dejar de pensar en el sutil sabor de estos crustáceos.

El plato no decepciona, el secreto de la receta es hervir los camarones durante varios minutos, para después cocinar el arroz en esta misma agua. El sabor es indudablemente peculiar y resulta exquisitamente maridado con una cerveza helada.

Incluso cuando sólo quedan en el plato los últimos granos de arroz húmedos por el jugo del limón y asediados por un par de persistentes mosquitos, sigo maravillada por el paisaje y el espectáculo lleno de gracia que significa comer aquí, dormir aquí, estar aquí, pensar aquí, ser aquí.La guajira, camarones, líneas viajeras, blog de viajes

1:30 pm

Camarones también aloja al Parque Nacional Natural Santuario de fauna y flora Los flamencos, privilegiadamente ubicado entre las inestables aguas del mar Caribe y el bosque seco de La Guajira. En temporadas lluviosas, el agua se desborda y la ciénaga revive con una pasividad que por momentos la convierte en un fenómeno imperceptible.

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Por ello, el mejor plan después de un fresco plato a base de mariscos es contactar a alguno de los lancheros wayuus para navegar por encima del escaso metro de profundidad que tienen las quietas aguas de la ciénaga. Él, con ayuda de un palo de dos metros y una vela elaborada a base de costal, emprenderá un recorrido de una hora en búsqueda de los flamingos.

Mientras el tiempo se relentiza en medio del perezoso líquido, empiezo una charla con el capitán de mi modesta embarcación: Lorenzo. Preguntarle su edad no tendría sentido, ya que para los wayuus el calendario gregoriano es una medida esquematizada y absurda de los días. Sin embargo, me confiesa que en su corregimiento sí gustan celebrar el Año Nuevo y que se trata de una de sus mejores fiestas, en medio de baile, bebidas fermentadas y vallenatos.

Le pregunto por la tradición wayuu que ordena al hombre ofrecer una cantidad considerable de chivos a cambio de la mujer que pretende tomar en matrimonio. Admite que las nuevas generaciones de wayuus no toman ninguna decisión sin antes haber realizado ciertos rituales de cortejo clandestinos. Me cuenta que, cuando hay atracción entre dos jóvenes, es probable que se citen para charlar y probar si existe ese misterio que los arroje a apostarlo todo.

Estoy a punto de decirle que lo entiendo. Que sé de esa alteración en la respiración que toda persona en búsqueda del enamoramiento añora, sin importar si es de La Guajira o de Londres. Pero se adelanta y me dice: “ustedes se enamoran diferente, muy rápido. Yo lo he visto en las telenovelas”.

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Me cuenta que, después de la faceta apresurada y oculta de conocimiento, el indígena ofrece el pago por la mujer que quiere y empiezan los preparativos del matrimonio. “A ellas les da pena acostarse por primera vez con un hombre, entonces las demás mujeres de la tribu le explican y le dan consejos”. Mientras tomo apuntes sobre nuestra conversación, Lorenzo llega con una pregunta que no espero.
– Diana, ¿cómo es Bogotá?
– Fría, desordenada, le digo.
– Sí, lo he visto en las telenovelas. Yo quiero ir.

2:10 pm

Lorenzo está fatigado. El enérgico viento que antes revolcaba los chinchorros ha desaparecido por completo, así que él ha tenido que ayudarse con el palo contra el suelo de la ciénaga para avanzar.

Yo llevo el pelo hecho un desastre, las manos pegajosas, la cara ardiendo por el sol y, en la parte interna de mis lentes oscuros puedo ver de reojo las gotas de sudor que se desprenden de mis mejillas. Tengo la garganta seca y las tres botellas de agua que saqué de la nevera del restaurante ya están más calientes que las suelas de mis zapatos.

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En medio de la sensación de un cuerpo consumido, escucho a Lorenzo anunciar que estamos llegando a donde están los flamingos, razón por la cual debe bajar la vela. “Los flamingos son muy exigentes, a ellos no les gustan las cosas altas o ruidosas”.

Veo a lo lejos una línea irregular color rosa que sube el verde de la ciénaga y se contrasta contra las rocas cafés. Pienso en que quizás la batería de la cámara no aguante hasta allí y que debí traer un filtro especial para que el lente capture el color de las aves. Este es mi trabajo, sólo que no estoy en un cubículo, sino en una ovalada montaña rocosa que rodea la ciénaga. La única similitud entre una oficina y este lugar es que debo hacer silencio, porque los flamingos son aves muy exigentes.  La guajira, camarones, líneas viajeras, blog de viajes

2:25 pm

“Las mujeres son como los flamingos, se juntan por la tarde a no hacer nada”, afirma Lorenzo, rompiendo absolutamente la magia que el escenario color rosa había gestado en mi mente. El comentario me provoca una risa culposa y le recrimino amistosamente por la comparación.

Ya frente a nosotros hay cientos de aves rosadas que se encuentran de pie sobre el suelo de la ciénaga, aunque los escasos centímetros de agua las hagan parecer flotando. Procuran no volar, ni siquiera caminan muy rápido. Sólo viven en una parsimonia tan natural que podría exasperar a Juan Salvador Gaviota. Ningún ave hace nada más que ruidos extraños y pegar algunos picotazos en el agua. Nada más.

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Enciendo de nuevo la cámara y empiezo a obturar cada detalle de esa multitud rosada y negra que me rodea y me acoge como un individuo más. Hasta que una lancha llena de turistas que hablan duro se acerca y, de repente, los graznidos se intensifican, el aire se rompe con el sonido de las alas y el agua salpica diminutas gotas sobre mi libreta de apuntes.

Lorenzo y yo ya estamos regresando, pero él detiene la lancha y sonríe ante el espectáculo de una ola aérea color rosa que se eleva. “Pensé que no le iban a volar, que es lo más lindo”.

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Él ve cientos de flamingos al día, en medio del tedio que pueden producir las jornadas inclementes bajo el sol y el trato impredecible con los turistas. Sin embargo, una sonrisa que permite ver sus dientes desordenados se dibuja, lo que me indica que estamos en medio de una función que se repite a diario pero siempre merece aplausos de pie.

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Sonrío y miro hacia atrás, donde está Lorenzo sonriendo también.

– ¿Pa’ qué quiere ir a Bogotá? Allá no hay nada de esto.
– Para ver el Transmilenio, responde.

Apago la cámara, cierro la libreta de apuntes y obturo con mis pupilas. The show must go on.

Nota: Este viaje fue posible gracias a la invitación de Viajes Chapinero L’Alianxa. Si quieres conocer La Guajira con ellos, entérate aquí.