¿Es necesario invertir en un seguro de asistencia médica? Para responder, escribo este texto después de dormir en la sala de urgencias de una clínica.

La frase “los viajeros también se enferman” debería hacer parte del saber popular, ocupando el mismo nivel de importancia que la imbatible premisa “los médicos también se mueren”. Porque, definitivamente, el número de sellos en un pasaporte no son garantía de mayores defensas en nuestros cuerpos (lo he aprendido soportando dolores que han sido diagnosticados por médicos de distintas partes del mundo).

Decido hacer esta publicación tras pasar la última madrugada en la sala de emergencias de una clínica al norte de Bogotá, lugar al que llegué tras consumir una bacteria en un pescado del Parque Tayrona, reserva natural del Caribe colombiano.

¿Quién iba a creer que una comida con esta vista sería capaz de enfermar?

¿Quién iba a creer que una comida con esta vista sería capaz de enfermar?

Ya les había contado que trato de pasar mis cumpleaños viajando, el año pasado estuve en París, hace dos años fui al Amazonas y, en esta ocasión, volé a la ciudad Santa Marta. Iniciar de viaje un año suena bien, sin duda, pero eleva al máximo las posibilidades de pasar los primeros días de una nueva edad en la clínica.

El primer día de estos 25 años que hoy llevo encima, inició con un recorrido en lancha de 45 minutos hacia Playa Cristal, donde nadé, caminé y me comí un pargo rojo que en su momento percibí delicioso, pero que hoy recuerdo con odio y asco, como si se tratara de un criminal en serie. En esta ocasión, los síntomas fueron leves y paulatinos, lo que me dio la oportunidad de esperar hasta mi retorno a Bogotá para ir a la clínica.

Distinto ocurrió en el año 2012, cuando padecí La Venganza de Moctezuma en Ciudad de México. Se trata de una terrible gastroenteritis adquirida por el consumo excesivo de maíz y chile, ingredientes principales de la gastronomía mexicana. En este entonces, la enfermedad me aquejó cuando me quedaban seis días en la ciudad, jornadas que me parecieron eternas. Podría asegurar que ese viaje fue el único que rogué al cielo para que terminara pronto.

Captada 'infraganti' comiendo en Ciudad de México.

Captada ‘infraganti’ comiendo en Ciudad de México.

A México viajé sin seguro médico, un error que nunca volví a cometer. Por ello, la clínica que estaba frente a mi hotel sólo me atendía si pagaba una suma equivalente a los diez millones de pesos colombianos (5.000 dólares). Mis intentos por paliar el dolor fueron protagonizados por remedios caseros y el diagnóstico de un dudoso doctor de la farmacia Simil, un establecimiento que procura acercar los servicios de salud al mexicano que no tiene mucho dinero.

Aunque no me causaba mucha confianza una farmacia cuya imagen publicitaria era un afable doctor con espeso bigote, asistir a un establecimiento médico abierto al público y que no exige servicio de salud estatal o privado, es la mejor opción cuando no se cuenta con seguro de viaje.

Foto valiosa con vergonzosas ojeras. Saliendo de la farmacia del Dr. Simil en Ciudad de México.

Foto valiosa con vergonzosas ojeras. Saliendo de la farmacia del Dr. Simil en Ciudad de México.

Caso contrario fue mi último viaje a Marruecos, acompañada de los demás alumnos del Máster en Periodismo de Viajes que cursé en la Universidad Autónoma de Barcelona. Prácticamente todos los  viajeros sufrieron de dolencias estomacales, algunas tan densas que arruinaron por completo su travesía. Afortunadamente, contaron con asistencia médica que los atendió por teléfono y, en casos más crónicos, los visitó en el hotel. Mi entrañable compañera mexicana, Mar, y yo, estuvimos entre las pocas personas que no nos enfermamos. ¡Gracias, Moctezuma!

Cómo olvidar, también, al desierto del Sahara, que nos enseñó cuán incierto puede ser. La alarma la encendió Carmen, mi adorable roommate de todo el viaje, con una extraña picadura en su pierna. Ni los antibióticos, ni las pomadas, ni la visita de un doctor a la habitación –quien nos sorprendió cantando las rancheras de Pedro Infante a todo volumen–, pudieron curar una lesión que creció y creció con los días.

Los médicos marroquíes no pudieron hacer mucho y el misterio se resolvió hasta su regreso a Barcelona, la posterior atención en la sala de enfermedades tropicales y varios exámenes médicos. En ese momento, bromeamos tanto con la posibilidad de que una araña la hubiese picado e incubado sus huevos en su pierna, que ya olvidé la verdadera razón de la lesión –aunque temo que acertamos en buena parte–. ¡Pobre, mi Cucurrucucú Paloma!

Una foto para enmarcar, con mis amigas del máster. De derecha a izquierda: Eva, Mar -la de estómago de acero- Ana, Paula, Carmen -mi 'roommate' y yo.

Una foto para enmarcar, con mis amigas del máster. De derecha a izquierda: Eva, Mar -la de estómago de acero- Ana, Paula, Carmen -mi ‘roommate’ y yo.

Es común entre los viajeros bromear con la relación entre las Leyes de Murphy y la adquisición de una póliza de asistencia, pues sólo te enfermas si no cuentas con una. Sin embargo, cuando los lectores del blog me preguntan si es necesario incurrir en el gasto de un seguro médico antes de viajar, no dudo en decirles que SÍ.

Ya había dicho Enrique Bunbury que no se fiaba de la medicina occidental. No es para menos, a veces los exámenes, los antibióticos y tantos protocolos médicos pueden retrasar y entorpecer un proceso. Por ejemplo, antes de mi visita al Amazonas tomé tanto Complejo B como pude, para ahuyentar las picaduras de insectos, pero dicha prevención no hizo efecto. Por el contrario, dos días después mis piernas parecían un campo de batalla entre dos bandos de mosquitos enardecidos. La solución llegó con un chamán indígena que preparó una infusión de hierbas que me apliqué sobre la piel.

Pero, incluso con las paradójicas enfermedades, las tediosas llamadas solicitando atención médica, los trámites burocráticos con el banco para que brinde el seguro médico al que nos da derecho nuestra tarjeta de crédito o la milagrosa medicina ancestral, sólo puedo asegurar una cosa: no hay nada peor que enfermarse de viaje, cuidémonos en el trayecto y no seamos confiados viajando sin asistencia.