Hernán lleva sobre sus hombros el peso de comandar el Sóngoro Cosongo, uno de los establecimientos legendarios de Perú.

Viajar exalta todas mis emociones y, a medida que recorro millas, cada cosa nueva me parece más fascinante que la anterior. Cuando regreso a casa y tengo otra perspectiva, me percato de que no todo es tan grandioso, ningún destino es perfecto y ningún viajero es imparcial.

Pero hoy, sentada frente a mi computador, siento que mi percepción sobre un acontecimiento en especial sigue intacta. Las emociones que viví la noche del 1 de abril de 2015 no han cambiado y, al contrario, son tan vívidas que merecen ser compartidas.

Lima en la lengua de un bardo

Pocos oficios de la historia de la humanidad son tan fascinantes como el del bardo. Eran personas encargadas de transmitir historias de forma oral y musicalizar poemas recitativos para conservar sus tradiciones. Auténticas cajas llenas de leyendas.

Encontrar hoy a alguien que, con la misma pasión y poesía, mantenga en su cabeza las anécdotas y las transmita a los demás como el mejor de los cronistas, no es una tarea fácil. Pero Hernán Vega es especial.

Hernán es el capitán del Sóngoro Cosongo, uno de los lugares más tradicionales de Lima.

Hernán es el capitán del Sóngoro Cosongo, uno de los lugares tradicionales de Lima.

Gracias a una recomendación que me hicieron desde antes de partir a Perú, pisé la capital con la firme intención de conocer el Sóngoro Cosongo. Tras unos primeros días en los que recorrí la ciudad y me enamoré de ella, terminé la última noche visitando el histórico sector de Barranco.

A las 8:00 p.m. llegué al Sóngoro Cosongo y pregunté por Hernán, quien me invitó a pasar a una de las mesas del lugar y probar un pisco sour con chicha morada (que con el correr de las horas serían varios).  Se sentó frente a mí y se excusó por no compartir un trago conmigo.

Hablamos de mi oficio, mi viaje a Perú, mi pueblo, mis gustos. Todo era Diana –o Daniela, como me llamó la primera hora de conversación–. Pero después dejó el protocolo, se arrepintió de su decisión inicial y pidió una copa. Tras el primer trago, todo fue sobre él, sobre el Sóngoro, sobre Lima. El bardo necesitaba un poco de inspiración.

'Daniela' en el reflejo de la barra del Sóngoro.

‘Daniela’ en el reflejo de la barra del Sóngoro.

Como el salmón

Después de conocer la hospitalidad marroquí, compartir con tribus amazónicas y hospedarme con encantadores anfitriones en tantas ciudades, la amabilidad simple no me descresta. Pero Hernán tiene una combinación de galantería, sencillez y generosidad. Es alguien especial, con un contraste permanentemente encantador entre la humildad y el orgullo.

Su restaurante, como su vida, no es una sola cosa, sino todas a la vez. También es bar, centro cultural, casa de amigos, escenario de arte, herencia pura. Lo es todo, menos una simple construcción de cemento donde se sirve comida, como lo son los demás restaurantes que cazan turistas en los barrios principales de cada ciudad.

Tejidos coloridos y artesanías discretas en cada rincón del Sóngoro Cosongo.

Tejidos coloridos y artesanías discretas en cada rincón del Sóngoro Cosongo.

Está enclavado entre las calles históricas de Barranco. Se alza esquinero en uno de los extremos del legendario Puente de los Suspiros. Allí, ubicado en una zona tan turística, tiene todo para ser lo que se ha negado a ser. No es un sitio más, no es una trampa para viajeros desprevenidos que pagan descomunales sumas por insípidos platos.

Es un lugar que se ha negado a nadar con la corriente. Su menú tiene los mejores precios del lugar. Sus platos son verdaderamente auténticos. Su servicio es tan humano como puede ser. Y, como si no bastara la autenticidad, su anfitrión toca cada hora en el piano La Flor de la Canela, cual reloj cucú que recuerda que allí afuera, en las calles de Lima, el tiempo sigue pasando, aunque adentro se mida en piscos.


El suspiro contrario

Una hora después de conocernos y no parar de hablar –excepto para la visita al piano–, a nuestra cita llegó Omar Camino, talentoso cantautor y gran anfitrión de Lima. Hernán pidió otro pisco con chicha morada para mí, un chilcano de pisco para el recién llegado y un vaso de whisky para él. Remató su pedido con una causa limeña para compartir.

Y así de linda y sabrosa se veía esa causa limeña.

Y así de linda y sabrosa se veía esa causa limeña.

Ante la amenaza de un plato enorme y un futuro recorrido por varias preparaciones de la carta, alejé con disimulo mi segundo vaso de pisco sour, pero Hernán me recordó la leyenda del Puente de los Suspiros, esa que aconseja al visitante primerizo pedir un deseo, mientras lo cruza de un lado a otro sin respirar.

“Tú ya lo hiciste, porque sabías la leyenda. Pero lo que pocos saben es que, después de pedir el deseo, tienen que venir a tomar pisco aquí. Si no, se cumplirá todo lo contrario a lo que pidieron. Más te vale tomarte tu pisco sour”, y retornó la copa a su lugar inicial.

Y después de mucho pisco, es posible que Hernán deje el piano y tome la guitarra.

Y después de mucho pisco, es posible que Hernán deje el piano y tome la guitarra.

Déjame que te cuente, limeña

Historias como la del efecto contrario del Puente de los Suspiros abundan en el Sóngoro Cosongo. Sus paredes están adornadas por decenas de fotografías antiguas. En una de ellas, una niña inquieta de falda pomposa y buzo blanco agarra la mano de una anciana de sonrisa resignada. Durante años, Hernán no conoció a las mujeres de la imagen, pero le pareció un retrato digno de la vida cotidiana de Barranco a mediados del siglo pasado y la conservó colgada en la pared.

Décadas después, la pequeña iría a comer allí, convertida ya en una mujer entrada en años. Su sorpresa fue incalculable cuando, desprevenida, miró la foto y se percató de su presencia en una imagen que jamás había visto. Ese día estaba celebrando su cumpleaños.

Esta es una de las tantas fotografías que decoran las paredes del Sóngoro Cosongo. Su protagonista aparecería años después en el lugar.

Esta es una de las tantas fotografías que decoran las paredes del Sóngoro Cosongo. Su protagonista aparecería años después en el lugar.

La herencia tácita

A la causa limeña le siguió un plato enorme de lomo saltado y, luego, el suspiro limeño más exquisito que jamás haya probado. Hernán se permitió elegir por mí este menú, entre todas las opciones tradicionales que ofrece su carta. Me contó que sus hijos suelen preguntar qué cocinera está de turno, antes de elegir el plato que comerán. “Porque cada una tiene su especialidad. Hoy te tocó a ti una negra que es experta en causas y lomos”. Y sí que lo era.

Ese lomo que era como saltar al cielo

Ese lomo que era como saltar al cielo

Las cocineras del Sóngoro Cosongo son las nietas de quienes cocinaron para los abuelos de Hernán. La familia Vega ha comido durante décadas las preparaciones del mismo linaje de cocineras. Son dos familias naciendo y muriendo juntas, con la comida como eje perpendicular en medio de sus vidas.

Se trata de una dinámica culinaria en la que la tradición va más allá de lo que rezan los libros sobre cocina peruana. Y, de repente, me resulta que los chefs faranduleros y los restaurantes a manteles no son más que un chiste comparado con esto.

Una venia para honrar la grandeza de este suspiro

Una venia para honrar la grandeza de este suspiro

Cocina con tesitura

Al Sóngoro Cosongo se llega por la voz. Porque un amigo de un amigo conoce a la cocinera y dijo que allí se come delicioso. Porque el papá de un amigo de un conocido se tomó allí los piscos más divertidos de su vida. Porque, al pasar por el frente, se escucharon las voces auténticamente entusiasmadas de quienes están al interior. Porque dicen que el dueño de ese lugar no se aburre de cantar en toda la noche.

Ese miércoles el pisco sour siguió llegando, uno tras otro. Omar y Hernán se adueñaron de las guitarras y cantaron valses por un buen rato. En la mesa conjunta, una familia de colombianos aplaudió tras un tema, se confesó admiradora de la música peruana y, de repente, un joven de 15 años terminó tocando la caja al compás de Colombia, tierra querida. Eran de apellido Sánchez y llegaron allí porque alguien les contó. Como todos, como yo.

Hernán y Omar cantando antes de que los Sánchez se animaran a intervenir. Su hijo ya hacía algunos guiños de percusión con el borde de la silla.

Hernán y Omar cantando antes de que los Sánchez se animaran a intervenir. Su hijo ya hacía algunos guiños de percusión con el borde de la silla.

A los mejores destinos de viaje se llega por casualidades que atrapan y cazan de por vida. Por experiencias que latentes inspiran al regreso. Por razones que, cuando se conocen, desearán el eterno retorno.

De vez en cuando la rosa de los vientos nos permite encontrarnos con individuos invaluables, a través de cuyas palabras se pueden conocer las historias de una ciudad, de forma tan vívida como si jamás hubiéramos estado por fuera de su suelo.

Y sólo cuando un buen destino y una buena persona se unen, se consigue una experiencia como la que viví en el Sóngoro Cosongo. Sobra decir que quiero volver, quiero aprender a tocar La flor de la canela en el piano.

Doy agradecimientos especiales por esta noche a varias personas. 
A Andrés, la voz que me llevó al Sóngoro. 
A Omar, con quien me despedí del lugar y fumé un cigarrito por las calles de Barranco. 
A Camilo, por contarle de mí a su padre y preparar el encuentro.     
Y,  por  supuesto, a Hernán, por protagonizar todo esto.