De todas las cosas que me han enseñado estos años como viajera, una de las más valiosas es poner a prueba el amor viajando.

He viajado sola muchas más veces que las que he estado acompañada. Justo ahora, de hecho, cumplo con una buena racha de viajes que emprendo en una etapa de soltería tan caótica como aleccionadora.

Claro, también he tenido amores viajeros. He andado muchos pasos dejando la marca de la suela de mis botas paralelas a las de otra persona. Y hoy, haciendo una retrospectiva profunda de lo que ha significado para mí viajar con un compañero, puedo decir que razón tenía Mark Twain cuando afirmaba: “He descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que haciendo un viaje con él”.

Líneas viajeras, blog de viajes

Un viaje es el recurso más efectivo para recordarnos que las emociones incontenibles en el ser humano son de lo más efímero. En pocas ocasiones pasamos por la línea de tiempo tan clara entre la ansiedad, la sorpresa, la normalización y la nostalgia que cuando conocemos parajes que antes no habíamos explorado o cuando nos enamoramos.

Si dos seres que caminan de la mano explorando juntos, son capaces de comprender simultáneamente que el viajar eleva la sensibilidad y se sincronizan en esta comprensión, pueden sortear con cualquier otro escenario que los ponga a prueba. Porque, finalmente, un viaje es una prueba.

Líneas viajeras, blog de viajes

Y no hablo de las vacaciones playeras, en las que perfectamente podemos tumbarnos en el sol a tomar cocteles y en la noche tener sexo desenfrenado. Ahí no hay reto alguno. Las playas están llenas de personas felices.

Hago énfasis en las circunstancias totalmente opuestas, las que ponen a prueba al cuerpo y a la mente. Como cuando el helado viento del invierno parisino alguna vez casi me congela los pies y terminé estallando en un ataque de ira infantil con mi compañero de entonces. O cuando otra persona con la que salí fotografió a escondidas y con aire victorioso a un grupo de indígenas, pisoteando uno de los principios más claros que tengo como viajera.

Esos son los detalles que hay que observar con atención porque, mientras tanto, en todos los hoteles all inclusive, centenares de niños son concebidos entre torrentes de amor.

Taganga. Líneas viajeras, blog de viajes

Un viaje implica pasar días y noches sin despegarse de otra persona para quien, del mismo modo, todo es nuevo y actúa en su forma más instintiva. De eso hablo, del viaje en su estado más puro y duro. El que nos reta. El que nos cae, a veces, como patada en el estómago.

Cada viaje es nuevo. Porque no siempre vamos a llorar conmovidos con un paisaje y brindaremos con una copa de vino. También seremos hurtados en una calle peligrosa, pasaremos días sin bañarnos, nos extraviaremos en el transporte público, olvidaremos cosas en los hoteles, perderemos dinero, nos pondremos tacaños o despilfarradores.

Cuando cruzamos fronteras, todo se multiplica. Los sentidos están alerta, el hogar se añora, los principios se cuestionan. A la par, entre paso y paso, los pies duelen, la boca se seca, la ropa se humedece y el maquillaje se cae. Y eso, quizás, ya no nos guste del otro.

Si, incluso con la suma de factores desafortunados, dos personas van en perfecta sincronía durante un viaje, será mejor respuesta que cualquier que se pronuncie en un templo. Y querrán vivir la vuelta al mundo en 80 años. Podrán descubrir juntas cómo suena el aire violento que levanta arena en algún desierto africano. Sentirán el sudor que emana de dos manos que agarradas caminan bajo algún verano europeo. Se ampollarán los pies subiendo alguna montaña latinoamericana, deteniéndose sólo para amarrarse los cordones de los zapatos mutuamente.

Las parejas que salen victoriosas de un viaje llegan de nuevo a casa esperando pronto huir juntos de nuevo. Las que no, entienden por qué Twain habló también del odio. Porque viajar con alguien es atreverse a descubrir, de la forma más contundente y desconcertante, si se están invirtiendo los días de la vida junto a la persona correcta.