Gracias a una invitación de Playa de Oro Lodge cumplí mi sueño de avistar ballenas.

El avistamiento de ballenas jorobadas en el Pacífico de Colombia es una experiencia que te conecta profundamente con la naturaleza.

“Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren”                              El viejo y el mar, Ernest Hemingway

Una inmensa masa de ballenas jorobadas, también llamadas yubartas, visita el segundo semestre de cada año el Pacífico colombiano. En Bahía Solano, una preciosa población de Chocó, el hotel Playa de Oro ofrece planes de avistamiento de estos animales.

Se trata de un paradisiaco escenario enclavado entre la playa y la selva. El plan incluye dos avistamientos de ballenas sobre una lancha a motor, con la ayuda de un guía que conoce el Pacífico más que Magallanes.

Dos niños pescadores sortean las olas en Bahía Solano. Envidio profundamente la capacidad que tienen los pescadores y lancheros de dominar el mar.

Dos niños pescadores sortean las olas en Bahía Solano. Envidio profundamente la capacidad que tienen los pescadores y lancheros de dominar el mar.

Me adentro en la mar junto a 10 viajeros más y nos dejamos llevar por el sonido de las gaviotas y el hipnótico vaivén de las olas bajo nosotros. Durante las dos jornadas, una matutina y otra en horas de la tarde, el temperamento de las olas es calmo y pienso en el daño que le ha hecho al imaginario colectivo las escenas imaginadas por Herman Melville en en Moby-Dick. Si bien hay que respetar al océano y adentrarse en él con precaución, nunca siento miedo.

El primer brillo 

Vemos a la primera ballena 15 minutos después de empezar a navegar. Un brillante lomo de color gris oscuro se asoma lentamente a unos 25 metros de distancia. El silencio se rompe con el sonido profundo y lento de un resoplido que sale con impulso y reparte gotitas en todas las direcciones. Contrario a lo que se cree, las ballenas no expiran agua, sino vapor que se condensa inmediatamente con el aire frío y se convierte en un chorro que puede alcanzar tres metros de alto.

Un ballenato respira, mientras su madre se sumerge en la mar.

La respiración de este ballenato se condensa y forma gotitas de agua con colores de arco iris, mientras su madre se sumerge en la mar.

Está con su ballenato y yo la veo. Lejana, calma, ensimismada (¿hablo de mí o de la ballena?). Este primer encuentro dura poco. Es bien sabido que los ruidos fuertes, como el del motor de una lancha, pueden espantar a los animales. Además, las órdenes del hotel indican que se debe perturbar lo menos posible a los cetáceos. Por ejemplo, las embarcaciones no se deben atravesar por su camino, tampoco está permitido acercarse a ellos con una velocidad que pudiera asustarlos.

La esperanza no se pierde con esa huida. No lo sabemos entonces, pero La Divina Providencia, esa misma fuerza del destino sobre la mar de la que tanto habla Robinson Crusoe, había preparado un viaje inolvidable para nosotros. Luego vendrán el reflejo sobre el agua de las puestas de sol, las lluvias tan repentinas del Chocó, el encuentro inesperado con los delfines, la cabeza de una tortuga asomándose cerca de nosotros y, sobre todo, el avistamiento de decenas de ballenas más.

El encuentro con cientos de cangrejos que corren acelerados todo el tiempo por la playa también fue una de las sorpresas del viaje.

El encuentro con cientos de cangrejos que corren acelerados todo el tiempo por la playa también fue una de las sorpresas del viaje.

Perder las nociones

El primer día cuento el número de ballenas que veo. Son 16, la mayoría de las cuales sólo nos deja ver su lomo asomándose para respirar. Cuatro cetáceos, por su parte, nos muestran sus aletas saliendo y chocando de nuevo contra el agua (los más cursis, como yo, decimos que nos están saludando).

La emoción de los primeros avistamientos es incalculable. Se recomienda agendar un segundo avistamiento para disfrutar con mayor serenidad de los cetáceos.

La emoción de los primeros avistamientos es incalculable. Se recomienda agendar un segundo avistamiento para disfrutar con mayor serenidad de los cetáceos.

Después del primer avistamiento, decido dejar de contar el número de ballenas y no escribir más las horas exactas de los encuentros. Abandono mi rol de periodista que quiere brindar información exacta y aprovecho esa oportunidad única de conexión espiritual con un animal milenario en un escenario recóndito.

Gracias a esa determinación, puedo describir con detalle el momento en que, mientras todos miramos al frente buscando algún cetáceo por el camino, una enorme ballena salta por nuestras espaldas y vuelve a caer sobre el agua. Las cámaras apuntan, pero nadie consigue una gran foto. Demasiado tarde para capturar este momento en algún lugar diferente a nuestras retinas.

Cuando conseguí tomar la fotografía de la ballena que nos tomó por sorpresa, era demasiado tarde y ya estaba de nuevo cayendo sobre el agua.

Cuando conseguí tomar la fotografía de la ballena que nos tomó por sorpresa, era demasiado tarde y ya estaba de nuevo cayendo sobre el agua.

Aletas junto al cuerpo, una cola que hace un movimiento inquietantemente brusco, la panza blanca contrastando con el gris oscuro del lomo, pliegues sobresalientes de color grisáceo, toneladas de peso cayendo sobre el agua. La inevitable sensación que mezcla mucha euforia y algo de temor. Cada chapuzón te recuerda que estás a pocos metros de animales que pueden pesar más de 30 toneladas y medir hasta 15 metros.

Tampoco olvido mi concentración mirando esa línea delgada y calculada en donde el cielo y la mar se juntan, con azules contrastantes. Mientras la miro, recuerdo la última escena de The Truman Show, en la que Truman llega ‘al final’ del océano y se da cuenta de que es un escenario falso. Realmente, la perfección con la que se funde el horizonte parece creada intencionalmente.

Mientras estoy concentrada, encuentro a lo lejos agua que sale disparada y dos lanchas completamente detenidas a cada lado. Hay ballenas allí, sin duda. El conductor arranca a toda velocidad y las olas pegan contra el frente de la lancha, que salta como carro en las vías de Bogotá. La sal de la mar se nos mete por los ojos y los sombreros amenazan con salir disparados por el golpe del viento contra nuestras cabezas.

Al acercarnos, disminución inmediata de la velocidad. Silencio. Sigilo. Una jorobada le enseña a hacer piruetas a su ballenato y estamos allí para verlos. Nadan tranquilamente. Saben que estamos allí y no les importa. La cría se acerca a la lancha y avanza paralelo, enseñándonos que es mucho más larga que la embarcación. La madre lo sigue. Lo alcanza. Lo sobrepasa y lo ve acelerando para ir a la par con ella. Se devuelven. Sacan la aleta. Se sumergen. Respiran. Cinco minutos de encuentro y conexión total con una de las especies más complejas de la naturaleza.

Una ballena se asoma frente a la lancha llena de turistas ansiosos por el avistamiento.

Una ballena se asoma frente a un turista de Bahía Solano

Esa noche, uno de los viajeros del grupo diría que tuvo ganas de poner la mano en el agua y tocarlas. Así de cerca estaban. Así de amigables se veían. Así de poca cosa somos los humanos al lado de ellas. Así de cobarde te vuelve un encuentro con un cetáceo, pero así de eufórico te deja durante horas.  

Un animal que viaja y canta

Varias cosas me impresionan de las ballenas. Por ejemplo, aunque a veces no la veas, puedes saber que hay una de ellas nadando muy cerca de ti. Luís Alejandro Velasco, tripulante de un buque militar colombiano que naufragó y vivió 10 días en altamar, en una historia llevada a la prensa impecablemente por Gabriel García Márquez, decía que sentía un aire filoso cuando animales grandes, como los tiburones, se encontraban a su lado. La presencia de seres así genera una energía fuerte.

Sería egocéntrico decir que se tiene el sensible don del marinero que detecta animales sin verlos, pero las ballenas emiten una energía especial. Su fortaleza irrumpe en el ambiente.

Sería egocéntrico decir que se tiene el sensible don del marinero que detecta animales sin verlos, pero las ballenas emiten una energía especial. Su fortaleza irrumpe en el ambiente.

También sorprenden las cicatrices en su piel, marcas que pueden ser producidas por redes de pesca, colisiones con embarcaciones o encuentros agresivos con otros individuos de la mar. También llaman la atención las protuberancias que tienen sobre su lomo y cabeza, verrugas inmensas que no me causan repulsión, sino ternura, parece que se hubieran revolcado sobre la arena. Sus aletas son mucho más grandes de lo que imaginaba, pues pueden llegar a medir hasta el 24% del tamaño del animal.

Las aletas son uno de los mayores focos de fuerza de las yubartas. Además, son protagonistas en la mayoría de movimientos usados para cortejar.

Las aletas son uno de los mayores focos de fuerza de las yubartas. Además, son protagonistas en la mayoría de movimientos usados para cortejar.

Su peso es tan impresionante, que después de cada inmersión el agua permanece quieta, como un suelo pavimentado en forma de ballena, mientras que alrededor las olas se alebrestan. Cuando nadan completamente sumergidas, pero muy cerca de la superficie, el sol les pega sobre el lomo y, en contraste con el color de la mar, se genera un tono cian fuerte que resalta y puede seguirse a simple vista.

El coletazo más grande de una ballena indica que se sumergirá por varios minutos. Es probable que tras un coletazo como este, el animal se pierda de vista.

El coletazo más grande de una ballena indica que se sumergirá por varios minutos. Es probable que tras un movimiento como el de esta foto el animal se pierda de vista.

Las venas se marcan fuerte sobre su aleta dorsal, como caminos enredados que conducen vida al cuerpo de un animal que se mantiene en constante migración. Las ballenas que se ven en el Pacífico colombiano llegan desde las heladas aguas del Polo Sur y pueden disminuir hasta 10 toneladas de su peso durante su extenso viaje. Su canto no se escucha en los avistamientos, pero algunos buzos dicen que es tan fuerte que produce desorientación e, incluso, varios naturalistas hallan en estos sonidos una explicación científica a la creencia en sirenas.

Cuando se me ocurrió la idea de tomarme un 'selfie' con una ballena, pensé que sería muy difícil, pero la cercanía con estos animales hizo que mi sueño fuera posible

Cuando se me ocurrió la idea de tomarme un ‘selfie’ con una ballena, pensé que sería muy difícil, pero la cercanía con estos animales hizo que mi sueño fuera posible

Creía que mi fascinación hacia las ballenas estaba influida por su naturaleza viajera y el canto como forma de expresión, pero la reacción emocionante de todos los turistas que me acompañan en cada avistamiento demuestra que es difícil no sobrecogerse en un encuentro con cetáceos.

Reflexiones y datos prácticos

Como viajera, siempre sentí un poco de vergüenza al admitir que conocía parajes recónditos, como Los Alpes suizos o el desierto del Sahara, pero jamás había visitado el Pacífico colombiano. Por eso, la invitación del hotel Playa de Oro abrió en mí una expectativa desbordada que pocos viajes han logrado despertar.

La experiencia de avistamiento de ballenas abre horizontes mentales y emocionales inexplicables. Recuerdo el momento en que, desde la playa, vi a una ballena jorobada que nadaba lento junto a su cría. Jamás imaginé que fuera posible ver cetáceos sin salir del hotel, una muy buena noticia para quienes tienen miedo a la mar o les intimidan los encuentros cercanos con animales.

Vista hacia el océano Pacífico desde el hotel Playa de Oro.

Vista hacia el océano Pacífico desde el hotel.

Cuando presencias este tipo de escenas, la inmensidad del océano se combina con la fragilidad de un animal que históricamente ha sido cazado de forma ruin y cruel. El escenario sobrecoge y la mente se siente incapaz de razonar en medio del asombro.

Esa sensación es permanente cuando te hospedas en Bahía Solano. Jorobas brillantes que van y vienen. Colas que se asoman y dejan ver una mancha blanca que es la huella digital de las ballenas. Resoplidos que, cuando la dirección del viento apunta contra ti, arrojan gotitas de agua sobre tu cara. Es imposible irse a dormir en las noches y olvidar los momentos vividos en el día.

Instalaciones del hotel Playa de Oro en Bahía Solano

Instalaciones del hotel Playa de Oro en Bahía Solano

El hotel propone un ambiente de conexión con la naturaleza, sin televisores, equipos de sonido o  secadores de pelo. En las noches la compañía es el sonido de las chicharras. Al amanecer, el canto de los gallos sirve de preámbulo para un desayuno que brinda la energía necesaria para las exigentes jornadas en altamar.

Playa de Oro también organiza tours distintos al avistamiento de ballenas, como la visita a la ensenada de Utría o la caminata hacia la Playa de los Deseos, experiencias de las que hablaré en futuros post.  En cuanto a la comida (factor fundamental para los viajeros comelones, como yo), los planes incluyen alimentación completa en el restaurante Cardumen e, incluso, cuando las jornadas en la mar son extensas, te dan algo para que lleves.

Durante uno de mis tours recibí una 'coquita', como le llamamos en Colombia a estos recipientes, con comida.

Durante uno de mis tours recibí una ‘coquita’, como le llamamos en Colombia a estos recipientes, con comida.

Por mi estilo de vida, es obvio decir que viajo mucho, pero puede ser sorprendente admitir públicamente que el avistamiento de ballenas es una de las experiencias que más me ha marcado en mis 24 años. Una vivencia comparable a la noche en que dormí bajo las estrellas en el Sahara o el día en que canté junto a un nómada marroquí, con una gran diferencia: no salí de mi país. Me he prometido que siempre recomendaré esta experiencia y que cada año volveré al Pacífico a ver yubartas.

“Los años venideros susurraban y resplandecían de promesas”                                          Juan Salvador Gaviota, Richard Bach

El hotel Playa de Oro se encarga del transporte desde Bahía Solano hasta sus instalaciones.

Cálculos basados en mi experiencia personal en un vuelo chárter. El hotel Playa de Oro se encarga del transporte desde Bahía Solano hasta sus instalaciones.

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