Así fue como me robaron en la habitación del hotel. Un texto triste, pero acompañado de lindas fotos de Ciudad de México..

Este episodio tuvo lugar en una ciudad que adoro y a la que viajé para cubrir el Festival Vive Latino. Antes de empezar con el relato, quiero aclarar que mi intención jamás será ahuyentar a los turistas de una de las ciudades más lindas del continente. Todo lo contrario, Ciudad de México es un lugar que amo. 
Este post es, más bien, para reírse de mi suerte. 
Y, como mi intención no es desprestigiar a mi amado DF, este post estará acompañado de postales mexicanas.

Y, como mi intención no es desprestigiar a mi amado DF, este post estará acompañado de postales mexicanas.

A México viajé en marzo del año 2012, cuando estaba trabajando para una emisora de radio y fui a cubrir el Vive Latino. Como quería aprovechar mi visita y sabía que durante el festival tendría que trabajar mucho, volé un par de días antes para conocer la ciudad.

Una noche, mi amiga Flor Romero, que fue la mejor anfitriona que podría tener en el DF, me invitó a cenar. En la recepción del hotel, justo cuando bajé del elevador, le pregunté sí creía necesario que llevara mi cámara, a lo que ella respondió que no hacía falta.

Mexico, comer, mole, Líneas Viajeras

Y comí, y comí, y comí… ¡Ay, la comida mexicana!

Esa noche comí como si el mundo se fuera a acabar, bebí pulque y acompañé el mezcal con chapulines. Disfrute de mi amado DF, el licor, la compañía y el ambiente fiestero de La Condesa.

Un poco después de medianoche, regresé al hotel totalmente exhausta, tiré la ropa al piso y me acosté a dormir. No quería saber de nada. No detallé nada. No analicé nada.

A la mañana siguiente, desperté y busqué mi cámara para vaciar la tarjeta de memoria. Dos días después empezaba el Vive Latino y yo me moría de ganas de fotografiar a Enrique Bunbury y yo tenía que cumplir con mi trabajo.

Ay, los 'defectuosos', tan altivos, tan rebeldes, tan ellos.
Ay, los ‘defectuosos’, tan altivos, tan rebeldes, tan ellos.

Abrí las puertas del armario. Allí estaba mi mochila. La tomé, abrí el bolsillo principal y me percaté de que la cremallera no estaba totalmente cerrada. Busqué la cámara, no apareció. Revolqué. Saqué la ropa. Desocupé los bolsillos y la sacudí hacia abajo, esperando que la gravedad me ayudara. Pero no. La cámara no estaba.

Miré a mi compañero:

– La cámara no está.
– ¿Tú la llevaste anoche?
– No. Flor me dijo que ella llevaba la suya.
– ¿Cuándo le preguntaste?
– Anoche, cuando vino por mí a la recepción.

Eureka: La recepción…

Y el emblemático Palacio de Bellas Artes, joya de la arquitectura y epicentro de la cultura.

Y el emblemático Palacio de Bellas Artes, joya de la arquitectura y epicentro de la cultura.

La cosa es así. En mis videos de YouTube soy muy risueña. En las fotos siempre poso igual. En los comentarios que me dejan los lectores los signos de admiración son protagonistas. En mis mañanas me dedico a la meditación. En las reuniones con amigos suelto puras carcajadas. Y de viaje, ni se diga, soy feliz.

Pero cuando tengo rabia no soy yo. Aunque medito, también maldigo.

Tomé el elevador (“eres un ser de luz”).
Bajé a la recepción y pedí hablar con el administrador (“respira profundo”).
Se negaron (“tranquila, alinea tus chacras”).
Lo pedí de nuevo (“cuenta hasta 10, Diana”).
Se volvieron a negar. (“¡Al carajo el yoga! ¡Yo los mato!”)

Ahora, un 'break' fotográfico para romper la tensión, junto a mis ídolos rancheros.
Ahora, un ‘break’ fotográfico para romper la tensión, junto a mis ídolos rancheros.

Les dije que los denunciaría con la policía, pero no les importó. Así que me fui, me encendí un cigarrillo y aceleré el paso hacia la estación más cercana. Era un día festivo y brillaba el sol de la primavera mexicana.

El día entero permanecí en la comisaría, donde una inspectora se quedó dormida tomándome el testimonio, ¡tres veces! “Ay, es que estos días calurosos me adormecen”, decía la doña. Mientras tanto, el oficial me coqueteaba y me preguntaba si necesitaba compañía durante mi viaje a la ciudad.

Juro que ni Sri Sri Ravi Shankar hubiera salido inmune de tanto estrés.

Si el yoga no sirvió, quizás un buen baño de hiervas y unos rezos me hubiesen ayudado.

Si el yoga no sirvió, quizás un buen baño de hierbas y unos rezos me hubiesen ayudado.

Tras tomar mi declaración, la inspectora y el oficial me acompañaron al hotel. Solicitaron hablar con el director y, claramente, a ellos sí no les negaron el privilegio. Les pidieron esperar un rato, así que aproveché para hacerlos pasar a mi habitación a registrarla.

A partir del momento en que tan caricaturescos personajes ingresaron, todo se convirtió en una escena escrita por Santiago Segura para Torrente. La inspectora, que en otro momento estaba adormecida, se emocionó y empezó a fotografiar la habitación. Registró cada detalle en una libreta y sacó una cinta de peligro que el agente le prohibió usar con un gesto de fastidio y un “¡no manches!”. No exagero. Este Torrente tenía a su detective de CSI.

Para todo mal, mezcal. Y para todo bien, también.

Para todo mal, mezcal. Y para todo bien, también.

El agente se acercó a mi compañero (a pesar de que llevaba todo el día dialogando conmigo) como si una figura masculina fuera más apropiada para tratar con la justicia. En un susurro, aseguró que el director pagaría caro este atropello con la prensa extranjera. Seguro creyó que yo era un Premio Pullitzer que se alojaba en el centro de Ciudad de México.

El director del hotel subió a mi habitación oh, por Dios, este tipo sí que era atractivo. Fue interrogado por el agente, que se ponía las manos sobre el cinturón y se juraba con el porte de Javier Solis.

Su servidora en las preciosas pirámides de Teotihuacán.

Su servidora en las preciosas pirámides de Teotihuacán.

Como era de esperarse, lo negó todo. Pero el agente estaba allí para hacer cumplir la ley y lo presionó durante media hora. El agraciado director, con resignación y mucha rabia, accedió a pagarme 50 dólares por mi cámara de fotos, con la condición de que bajara a la recepción para hacer el check out inmediato. ¡Pero qué descarados! Mi amiga Flor ya tenía otro hotel reservado para mí, en todo caso.

Tomé el dinero y caminé hacia la Plaza de la Tecnología, esperando que tan miserable suma me alcanzara para reemplazar mi cámara. Este lugar es tan pintoresco que se encuentra perfectamente reflejado en un video viral de YouTube, con eso lo digo todo.

Ay, los 'defectuosos', tan altivos, tan rebeldes, tan ellos.
Ay, los ‘defectuosos’, tan altivos, tan rebeldes, tan ellos.

El agente se ofreció a acompañarme, para prevenir que algún otro criminal se aprovechara de esta pobre viajera. Llegamos y me indicó un camino por la laberíntica Plaza de la Tecnología, en medio de vendedores ruidosos, olor a tacos y pantallas led. Luego me detuvo con la mano y me exigió la mitad del dinero “a cambio de sus servicios”. Yo ya no quería discutir con nadie más, sólo irme a un hotel de confianza y olvidarme de todo.

Le di 30 dólares. Le dije que se largara y me largué yo también. Llamé a Flor, quien ya iba en un taxi por mí. Le pedí un cigarrillo, subí mis maletas al baúl y salí de allí deseando jamás tener que verme con la justicia mexicana.

La vista del DF desde el emblemático Àngel. En tonos magenta resaltan las jacarandas primaverales.

Me alejé de la zona olvidando mis lecciones de yoga y con la rabia subida a la cabeza. Me fui odiando los minutos que perdí viendo dormir a la agente, al revolver brillante en el cinto del comisario, a los vendedores de la Plaza de la Tecnología que presenciaron inertes un chantaje policial, a la mujer de la recepción que me escuchó hablar con Flor, a mi grave error de no dejar mis objetos en la cajilla de seguridad.

La tarde caía y yo sólo pensaba en qué haría con mi trabajo. Qué fotos enviaría para la página de la emisora. Jamás pensé que mi cámara sería robada y no tenía un Plan B.

Claro, en ese momento tampoco sabía que, dos días después, estaría tocando la puerta de un hospital y jamás cubriría el Vive Latino. Pero esa historia ya la conté.

Líneas viajeras, frases de viaje